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viernes, 31 de julio de 2009

La Sombra del Viento

He terminado de leer La Sombra del Viento , de Carlos Ruiz Zafón. Y por supuesto, como todo buen libro que leo, tiene considerado un lugar en mi blog, si éste es excepcional.

"Bea dice que el arte de leer se está muriendo muy lentamente, que es un ritual íntimo, que un libro es un espejo y que sólo podemos encontrar en él lo que ya llevamos dentro, que al leer ponemos la mente y el alma, y que esos son bienes cada día mas escasos".
- Daniel Sempere, protagonista de La Sombra del Viento.


Siempre que termino de leer un libro, inmediatamente después de haber leído y releído ese párrafo final, de haberlo cerrado, de haberlo reflexionado, de hojearlo rápidamente y leer frases al azar para recordar una que otra parte de éste como si fuera un peculiar ritual de despedida, de aceptar que ha terminado y no hay más páginas con las cuales embrujarse, inmediatamente después de todo esto generalmente llego a comentarlo en sesiones de café, a dar alta mención de su autor y de su magistral habilidad para la escritura o sobre ciertas partes del libro con las que me he identificado y recostruido. No será el caso de La Sombra del Viento, no, no lo será.

Apenas lo he terminado y mi mente, aprovechando el estado de drogadicción que le causa la buena literatura se dejó llevar en calidad autómata para imaginarme a mi mismo relatando mi experiencia literaria en un café de la ciudad a otra gente creativa y de buen gusto, pero bien, cuando recobré el control de mi razocinio me di cuenta que no iba a ser así del todo. El libro me ha encantado, me ha absorbido, sin embargo no tengo nada que decir, nada que contar sobre éste, ningún personaje sobre el cual alegar ni ningun contexto o ideología tratada que discutir.

¿Por qué? Porque de alguna manera, se hace presente esa sensación que evoca la frase del principio de este post, la idea que mencionó Bea, un personaje del libro. Mi conclusión para este libro me la reservo, mi opinión sobre cada uno de los personajes me lo reservo, las emociones e intriga que me causó y que disfruté en cada página me lo reservo por igual, esto y más es en conjunto un todo que no quiero compartir, esta es la razón, no quiero cambiar o añadir cosas a lo que he visualizado con la lectura, ni otra interpretación, ni otro mensaje ni nada más, se queda intacto, se queda como ahí dice: un ritual íntimo.
Esto lo concluí por que la narración es excepcional, involucra en un suspense que uno quisiera unir con él, evoca el buen gusto, la intelectualidad, los sueños y la pasión por los libros, cosas casi olvidadas por muchos en el mundo moderno, como si se hubiesen quedado en ese lugar, en El Cementerio de los Libros Olvidados junto con el volumen ficticio pero original de La Sombra del Viento, la que escribiese Julián Carax, en esa Barcelona de cielo cenizo despúes de la guerra.
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La Sombra del Viento... libro que recomiendo ampliamente, Zafón es un genio, 569 páginas de un suspense adictivo. Un ejemplar digno de coleccionarse, de protegerse y ocultar en algún sitio, bueno esto último es opcional, una vez lo lean, querrán hacerlo por alguna razón.

Héctor Macías.

Los invito a visitar la página oficial ya enterarse de todos los detalles, y posteriormente, deberían hacerse de un ejemplar.

miércoles, 16 de julio de 2008

Un Fragmento

Este es un fragmento de la novela "De Rayuela" del autor argentino Julio Cortázar
No dejan de causarme risa las palabras que utiliza, y la interpretación de éste capítulo va tan lejos como cada quién quiera.

Capítulo 68

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.